Las palabras y la vida
Alberto Martín Baró
En
mi libro Cómo hablamos y escribimos,
cuya publicación data del año 2012, dedico un capítulo a “Las redes sociales”.
No
soy un experto en estos medios de comunicación y de expresión, pero sí he
asistido a su evolución desde grupos de comunicación como Tuenti, Twitter o
Facebook, en los que sus miembros intercambiaban mensajes, opiniones,
comentarios, noticias, impresiones, emociones…, hasta las plataformas My Space actuales
abiertas a cualquier usuario que en ellas quiera expresar sus pensamientos y
hasta sus insultos.
Comentaba
yo en el citado libro que amigos y conocidos me invitaban a unirme a grupos
como Facebook, a lo que yo me negaba por una sencilla razón: si ahí daba a
conocer mis opiniones y comentarios, ¿qué dejaba para los artículos que por
entonces publicaba en la prensa y hoy sigo incluyendo en el blog que cuelgo en
la red todas las semanas?
La
polémica se ha suscitado en la actualidad por el intento del Gobierno de
censurar o incluso prohibir el acceso a las redes sociales, en especial a los
menores de edad, bajo el pretexto de salvaguardar su moralidad.
Claro
que los niños están expuestos en las redes sociales a contenidos pornográficos.
Pero a estos también pueden acceder a través de los móviles, que cada vez
poseen y manejan a menor edad.
A
mí me parece que tanto el uso de los móviles como el acceso a las redes
sociales y otras plataformas informáticas de los menores es un problema de educación
y vigilancia por parte de los padres y educadores, problema que no se resuelve
con la sola prohibición.
Es
triste asistir actualmente al uso de las redes sociales por adultos para verter
sus opiniones políticas descalificando o hasta insultando al oponente. Hay
expertos en la descalificación y el insulto al adversario político o
ideológico.
Las
redes sociales y en general los medios informáticos de comunicación han
experimentado una increíble evolución desde aquellos primeros SixDegrees.com,
Friedster y Linkedin.
El
actual Gobierno pretende solventar con prohibición y censura los problemas que pueden
suscitar las redes sociales como cualquier otro medio de comunicación.
Terminaba
yo el capítulo dedicado en el citado libro a las redes sociales con esta
defensa de la comunicación:
“Con
ocasión y sin ella defendamos apasionadamente la palabra, la comunicación, la
libertad de expresión. Hablemos, comuniquémonos, expresemos libremente nuestras
ideas, por las redes, por teléfono, por los mensajes de los móviles, por el
correo electrónico, por videoconferencia, por las olvidadas cartas.
Y,
siempre que podamos no nos privemos del placer de conversar cara a cara con
aquellos a quienes queremos y nos honran con su amistad, aunque no seamos
‘amigos’ en Facebook”.
Sigo
pensando y defendiendo lo mismo.