Las palabras y la vida
Alberto Martín Baró
Ante
mi estado de confusión acompañado de vómitos, la pasada noche del 23 de enero
mi mujer se alarmó y llamó por teléfono a su hijo menor Jose, quien con su
esposa Susana me llevaron inmediatamente a urgencias del madrileño hospital de
la Princesa.
Este
hospital es bien conocido por mí, pues en él recibo todos mis tratamientos,
pero nunca había sido ingresado inconsciente en urgencias.
Sin
hacernos esperar, a mí me tumbaron en la cama de un box, mientras Jose me
acompañaba de pie al lado, hasta que después de bastante tiempo le facilitaron
una silla.
Empezaron
a desfilar por mi box toda suerte médicos, que trataban de hacerme reaccionar a
sus preguntas sobre cómo me llamaba, en qué día, mes y año estábamos, sin que
yo fuera capaz de responder. Todo esto lo sé por habérmelo contado Jose
después, pues yo seguía inconsciente.
Sí
recuerdo haber pasado mucho frío y haberme orinado varias veces en el pañal que
me habían puesto.
Me
dieron el alta a la mañana siguiente a las 11:33, como puedo ver en el informe
clínico. A esta hora ya me di cuenta de que vino a buscarme una ambulancia que
me trasladó hasta mi casa y en una camilla me subieron hasta mi piso.
Para
colmo de circunstancias adversas, mis hijos Guillermo y Gabriela, que viven en
El Espinar y San Rafael respectivamente, no habían podido venir antes a relevar
a José y echar una mano, aislados por la nieve.
Cuando
pasado el trance hospitalario rememoro ahora todos estos detalles, no puedo por
menos de agradecer a mi familia y a los especialistas médicos, enfermeras y
auxiliares del hospital sus desvelos.
Me
da vergüenza tener a tantas personas pendientes de mí y ayudándome. Una vez más
quiero dejar constancia del excelente tratamiento profesional recibido en la
sanidad pública.
En
un tono más pesimista me vienen a la memoria aquellas palabras del Génesis
(versículos 47:9): “Pocos y amargos son los días del hombre sobre la tierra”.
En términos semejantes se lamentaba el Santo Job (14:1): “El hombre, nacido de
mujer, es corto de días y lleno de sinsabores”.
En
contraposición a estas amargas reflexiones bíblicas, me acojo al cariño y
desvelo de mi familia y a la dedicación profesional de médicos y profesionales
de la sanidad pública, confiando en que “El “síndrome confusional agudo” no
vuelva a repetirse.
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