1 de febrero de 2026

El síndrome confusional agudo

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Ante mi estado de confusión acompañado de vómitos, la pasada noche del 23 de enero mi mujer se alarmó y llamó por teléfono a su hijo menor Jose, quien con su esposa Susana me llevaron inmediatamente a urgencias del madrileño hospital de la Princesa.

Este hospital es bien conocido por mí, pues en él recibo todos mis tratamientos, pero nunca había sido ingresado inconsciente en urgencias.

Sin hacernos esperar, a mí me tumbaron en la cama de un box, mientras Jose me acompañaba de pie al lado, hasta que después de bastante tiempo le facilitaron una silla.

Empezaron a desfilar por mi box toda suerte médicos, que trataban de hacerme reaccionar a sus preguntas sobre cómo me llamaba, en qué día, mes y año estábamos, sin que yo fuera capaz de responder. Todo esto lo sé por habérmelo contado Jose después, pues yo seguía inconsciente.

Sí recuerdo haber pasado mucho frío y haberme orinado varias veces en el pañal que me habían puesto.

Me dieron el alta a la mañana siguiente a las 11:33, como puedo ver en el informe clínico. A esta hora ya me di cuenta de que vino a buscarme una ambulancia que me trasladó hasta mi casa y en una camilla me subieron hasta mi piso.

Para colmo de circunstancias adversas, mis hijos Guillermo y Gabriela, que viven en El Espinar y San Rafael respectivamente, no habían podido venir antes a relevar a José y echar una mano, aislados por la nieve.

Cuando pasado el trance hospitalario rememoro ahora todos estos detalles, no puedo por menos de agradecer a mi familia y a los especialistas médicos, enfermeras y auxiliares del hospital sus desvelos.

Me da vergüenza tener a tantas personas pendientes de mí y ayudándome. Una vez más quiero dejar constancia del excelente tratamiento profesional recibido en la sanidad pública.

En un tono más pesimista me vienen a la memoria aquellas palabras del Génesis (versículos 47:9): “Pocos y amargos son los días del hombre sobre la tierra”. En términos semejantes se lamentaba el Santo Job (14:1): “El hombre, nacido de mujer, es corto de días y lleno de sinsabores”.

En contraposición a estas amargas reflexiones bíblicas, me acojo al cariño y desvelo de mi familia y a la dedicación profesional de médicos y profesionales de la sanidad pública, confiando en que “El “síndrome confusional agudo” no vuelva a repetirse.